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LA FINAL DE 2016 / Inmenso Messi

Crónica de Luis Arnaiz

Hay muchas formas de intentar ganar un  partido de fútbol. Por eso luchan todos. Esas formas de hacerlo son muy diferentes, todas válidas si producen el resultado

esperado, y, desde luego, muy respetables. Se puede obtener el triunfo brindando espectáculo o se puede obtener a base de una exhibición de esfuerzo. Las dos son absolutamente legítimas, máxime cuando entre quienes pelean por la victoria hay sensibles diferencias.

Es lo que ocurrió en la final del Campeonato de España/Copa de Su Majestad el Rey que se celebró en el Camp Nou el pasado día 30 de mayo. Una distancia tremenda.

Hay muchas maneras de intentar ganar un partido, lo que depende de no pocos factores. Uno de ellos resulta primordial: el talento de los jugadores con los que cuenta un entrenador. Dependerá, luego, del uso que se haga de ellos, pero ese ya es otro cantar.

Puede intentar ganarse como lo  hace desde años atrás el “Barca” o como viene haciéndolo el Athletic estos últimos. Aquel tiene que ver con el dominio del balón (más antes que ahora), el toque supremo, la magia de algunos de sus hombres, y, en especial, de uno y la persecución del triunfo sin considerar otra opción como guinda final de su excelencia; el del Athletic, que ha perdido claramente las tres últimas finales en las que se ha enfrentado con los azulgranas (4-1, 3-0 y 3-1), tiene que ver más con el ansia de sus jóvenes, con una ilusión indesmayable y con un derroche de fuerzas de principio a fin que con otra cosa, aunque los suyos también sean dueños de un gran caudal  cualitativo.

La diferencia, que la hay, entre estos dos tipos de jugar se ha decantado por quienes han hecho del mejor uso posible del balón el centro de sus preferencias. En ninguna

de las tres últimas finales Athletic-FC Barcelona ha habido opción alguna para los bilbaínos. A intentar ganar un partido puede jugarse con un fútbol sublime o con un fútbol conservador; con un fútbol que demuestre la clase de las élites o con un fútbol en el que la ilusión y los pulmones resulten determinantes. Como el fútbol es un juego, nada garantiza plenamente que los que están más dotados técnica y cualitativamente tengan siempre el triunfo asegurado. De hecho ha ocurrido infinidad de veces en los que se ha producido lo contrario.

Sin embargo, y a pesar de ello, casi todos los equipos intentan ser los amos del balón para tratar de manejarlo y sacar partido de ello. Sólo los equipos inferiores suelen renunciar a esa posibilidad, inalcanzable, por otro lado, cuando se miden con los mejores. El Athletic Club hizo renuncia de la búsqueda del  balón porque sabía que en ese campo la superioridad del FC Barcelona era incontestable. Durante algunos minutos más apasionados que otra cosa, al comienzo de la primera mitad y en los inicios de la segunda, ya con casi todo perdido (0-2), dio la impresión de que los “leones” también podían apoderarse del esférico. Fue un dominio brevísimo, impreciso, más fruto de las urgencias bilbaínas que de una respuesta serena a su gravísima situación. Apenas logró otro cosa que animar a tímidamente a sus miles de decaídos seguidores.

Aunque la historia está sobrada de ejemplos de partidos en los que, por decirlo de alguna manera, el pez chico se comió al grande, a todos los equipos les gustaría ganar jugando bien. Los torneos de eliminatorias son más proclives a que las diferencias se noten menos, de ahí su mayor porcentaje de posibilidades de sorpresa. El Athletic es un grande en el Torneo y como lo es no ha tenido necesidad de que nadie se llevara las manos a la cabeza cuando ha conseguido cada una de las 24 copas que atesora. Lleva sin acumular ninguna más desde 1984 y el FC Barcelona tiene gran parte de culpa de ello pues se ha desembarazado comodísimamente de los rojiblancos en tres ocasiones 2009, 2012 y 2015 en los últimos seis años. En realidad, lo que ha ocurrido las tres veces es que el enorme talento de los blaugranas no ha dejado resquicio a la sorpresa por mucha Copa que sea la Copa. Y menos que nadie Leo Messi, inmenso.

La facilidad con la que el FC Barcelona hizo añicos el sueño atlético de volver a ganar lo que tantas veces (24) fue suyo tiene mucho que ver con Leo estos pasados años. El Athletic no ha encontrado por más que lo ha buscado un antídoto para acabar con él. En el Camp Nou, Valverde recuperó aquel viejo estilo italiano de los sesenta, el del marcaje férreo al contrario, siguiéndole si era preciso hasta el vestuario. Una fórmula muy italiana que dio resultados durante años aún a costa de

cargarse el espectáculo del fútbol. Desconocedor, se entiende, él y los demás, de cómo frenar a Messi, Valverde envió a Balenciaga a seguirle allá donde fuera: si estaba en la izquierda, sin perderle un segundo de vista. Si se iba a la derecha, persiguiéndole hasta allí; si se paraba el argentino se paraba el vasco. Si Leo daba dos pasos, Balenciaga, también. Fue una labor enormemente sufrida y, a la vez, trágica para el zaguero que por mucho que no quitaba la vista de la “Pulga” o de los

balones en sus pies no pudo impedir que Messi se inventara su portentosa jugada del primer gol, que diera media docena de pases magistrales que dejaron solos a sus compañeros ante Herrerín, y que el segundo también llegara por su banda.

Todo el esfuerzo y sacrificio de Balenciaga, en fin, para nada. Lastrado por el miedo justificado a Messi, el Athletic Club sucumbió a sus propias carencias y al estado de forma de un rival implacable. No es este FC Barcelona de ahora el de hace un par de años cuando el toque dominaba todos los movimientos del equipo, no. Ya sin Xavi, el “Barca” juega de otra manera, es más directo, más dinámico y, por ende, más como el resto. Pero con una diferencia esencial que está en la clave de todos sus éxitos: cuando Leo está en plena forma o con ganas o con ambas cosas a la vez, el “Barca” resulta poco menos que inaccesible para sus adversarios por muy inasequibles al desaliento que sean. Como los “leones” por cierto. Messi convirtió en una pieza cumbre del fútbol el gol que abría el marcador de la final y segó en canal el vientre de los vizcaínos.

Ha marcado muchos grandes goles Leo y se han visto muchos extraordinarios este año, pero el que le hizo el “10” azulgrana al Athletic Club en el partido que decidía el campeón de España 2015 será difícil de olvidar y quedará como uno de los mejores de siempre del Torneo. Podrá decirse que Herrerín pudo hacer algo más tan cerca de su poste izquierdo como se encontraba o que la zaga rojiblanca pudo emplearse con mayor autoridad (dureza) como reclamaba un viejo amigo bilbaíno de ésos que defienden que no pueden pasar al mismo tiempo el balón y el jugador, lo que me recordó en la grada del Camp Nou con un gesto como de “rebanada”, pero incluso eso habría sido un atentado a la enorme belleza de la diana del argentino, que rememoró aquel inolvidable tanto de Argentina a Inglaterra en cuartos de final del Mundial de 1986 (México) con una dificultad añadida: Messi estaba pegado a la banda, con mucha menos salida que Maradona, si bien más adelantado que Diego. Encerrado entre la línea de cal y la amenaza siempre del voluntarioso Balenciaga, Messi inició un sprint corto más allá del medio campo seguido en vano por el defensa que en su persecución encontró ayuda en Beñat y Rico. Cercado por los tres zagueros, Leo se sacó de la chistera lo inverosímil, algo así como haber descubierto como traspasar un muro físico. Pasó el balón entre las piernas de Balenciaga, precisamente, buscó un hueco para colarse entre Rico y Beñat, logró el milagro, arrancó con el balón, sorteó a otro “león”, Laporte, que le salió al paso, se acomodó y remató. Si Herrerín tardó en lanzarse debió ser por pensar que alguno de sus compañeros tenía por fuerza que frenar aquella incursión. Pero no.

El gol de Messi dejó atónitos a los jugadores bilbaínos, quebró cuanta resistencia pudiera quedarle, no mucha, la verdad, a Balenciaga, asombró a sus seguidores, provocó un estallido jubiloso de los seguidores del “Barca” y entre los neutrales, que los había, murmullos de sorpresa ante aquella maravilla. Su efecto moral fue mucho más allá, al hacer saltar parte de la fe bilbaína en la sorpresa. El Athletic, que siempre ha sido un equipo moralmente emotivo, necesitaba de dos goles para

darle la vuelta al marcador, pero sabe que, la del gol, no es la mayor de sus virtudes. El Athletic juega con un corazón digno de encomio, apoyado por una afición como quizás no haya otra, ninguna, sin duda, en finales de Copa, su Trofeo, pero sus bazas para remontar se basan en conceptos muy simples: frente al FC Barcelona y con un medio campo muy cerca de su defensa como doble barrera de protección, solo dos jugadores arriba, el activo, bullicioso y peligroso Williams, que,

finalmente, le salvó el honor en el marcador, junto a Aduritz, muy bien marcado, y en la medular Beñat para buscar por alto lo que era incapaz de crear por bajo. Es decir, centros, centros, centros y más centros a la captura salvadora de las cabezas de sus dos jugadores avanzados. La encontraron una vez, es cierto, pero con el partido resuelto muchísimo antes.

El triunfo azulgrana no admitió discusión. Tras la maravilla de Messi, su autoridad fue incontestable y sin la más mínima capacidad de respuesta del Athletic cuando Neymar marcó el segundo de los goles blaugranas a los 36’, un cuarto de hora largo después de que Leo abriera el marcador. La diana que liquidaba el partido llegó también por la banda derecha, a la que tanta atención prestó Valverde. De Messi salió el balón que recogió Rakitic para lanzar a Suárez, que acabó poniendo en bandeja el balón a Neymar y allí concluyó todo lo que había que decidir. El segundo período fue un tiempo de trámite entre un equipo que ahora jugaba menos y con más prevenciones y otro que corría no menos, es cierto, pero abocado a una pared que no podía escalar. Volvió a marcar Messi y Williams también lo hizo, mitigando apenas el dolor de los “leones”, que volvieron a sufrir la desgracia de jugarse la tercera final de sus últimos 31 años ante el mismo e inabordable rival. Ni las dos veces anteriores en Valencia ni en Barcelona, donde en las gradas del Camp Nou se congregaron incluso más rojiblancos que azulgranas, tuvo la más mínima posibilidad de vencer.

FICHA TÉCNICA /

FC Barcelona: Ter Stegen, Piqué, Rakitic (46′ Mathieu), Sergio, Alves, Iniesta, Suárez (56′ Rafinha), Messi, Neymar, Mascherano, Alba (119′ Sergi Roberto)

Sevilla FC: Sergio Rico, Escudero, Rami, Carriço, Mariano (78′ Konoplyanka), Iborra (106′ Llorente), Krychowiack, Banega, Coke, Vitolo, Gameiro

Goles:

1-0 Jordi Alba 96′

2-0 Neymar 120′

El colegiado Del Cerro Grande expulsó a Mascherano, Banega y Carriço por roja directa. Además amonestó con amarilla a Alves, Rami, Konoplyanka, Krychowiack, Carriço, Vitolo, Jordi Alba, Neymar, Iniesta, Iborra, Escudero, Gameiro.

El encuentro estuvo presidido por los Reyes de España, D. Ángel María Villar, Presidente de la RFEF, Alejandro Blanco, presidente de COE, Dña. Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, Dña. Ada Colau, alcaldesa de Barcelona y D. Juan Espadas, alcalde de Sevilla. Además asistieron directivos de la RFEF, de Federaciones Territoriales, de los dos clubs finalistas, de la Asociación de Futbolistas Españoles y del Comité Técnico de Árbitros.

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